MENORCA

Isla del Rey, una pequeña historia europea

 

Un pequeño islote en el centro del puerto de Mahón guarda vestigios de un pasado en el que se sucedieron las ocupaciones de británicos y franceses, y desvela un alentador relato de solidaridad con marineros italianos.

 

No hacen falta excusas para viajar a Menorca. Declarada Reserva de la Biosfera por la diversidad ambiental y sus valores naturales, la isla posee atractivos por todos conocidos que satisfacen a quienes acuden a unas calas que poco tienen que envidiara las del Caribe, a quienes quieren perderse con su pareja en rincones románticos o a los que su inquietud cultural les lleva a conocer la Menorca talayótica.

Además de estos atributos turísticos, la isla cuenta con un singular atractivo que refleja una parte de la esencia de Europa: conquistas, dolor y sangre, pero también refugio, religión, espíritu emprendedor y solidaridad entre pueblos. Nos referimos a la Isla de Rey, un enclave cuya visita se puede convertir en una experiencia que va más allá de la superficial mirada turística y que es además un espacio natural protegido con una importante flora y fauna autóctonas.

A este islote de poco más de 40.000 metros cuadrados frente a Mahón se le otorga el nombre real por haber sido donde desembarcó el rey Alfonso III cuando en 1287 acudió a conquistar Menorca a los musulmanes. A él se llega tras una corta travesía en unas embarcaciones que salen del puerto de Mahón los viernes y domingos por la mañana.

Conforme la embarcación se acerca al islote se puede apreciar la silueta recortada de una construcción que domina gran parte de su superficie. Se trata de un antiguo hospital militar que, tras años de abandono, un entusiasta grupo de voluntarios está restaurando como testimonio de una parte de la historia de Europa. Frente al hospital se encuentran los restos de una basílica paleocristiana del siglo VI que acredita que la isla estuvo habitada desde la antigüedad.

Durante la dominación británica de Menorca a principios del siglo XVIII el almirante John Jennings transformó unos barracones y cobertizos en un hospital para atender a los heridos de la armada. El hospital se mantuvo a lo largo de la ocupación francesa. Cuando los británicos lo vuelven a ocupar demuelen en gran parte el edificio y lo remodelan sustancialmente. Su configuración actual mantiene el esquema que entonces le diera el almirante Peter Denis: fachadas macizas hacia el mar, con ventanas pequeñas, y abierto en “U” hacia el interior. El armonioso conjunto de tres alas dispone de arcadas superpuestas en las dos plantas abiertas a un jardín, y una torre cuadrangular en la nave central que aporta algo de ligereza a la sensación de robustez que los recios contrafuertes proyectan.

El edificio ha prestado servicio a diversas armadas que han intervenido en el Mediterráneo, como la marina francesa, la holandesa, la americana y la italiana.

 

 

La Fundación Hospital de la Isla de Rey, con ex jefe del Estado Mayor del Ejército el general Luis Alejandre como presidente, vela por la conservación y promoción del islote y su memoria. “No solo se trataba de reconstruir las piedras, la bella arquitectura del hospital, sino también su alma hospitalaria”, señala Alejandre al referirse a la labor de la fundación de recuperar todo lo que albergó durante más de 300 años: cuidados, médicos, investigaciones, avances de medicina y farmacia, etcétera.

Esa preservación no sería posible sin las donaciones de material de personas anónimas y sin la actividad desinteresada de un nutrido grupo de voluntarios que acude los domingos para ayudar en los trabajos de recuperación del edificio y su entorno.

Este es el caso de Antonio Pons, que cada domingo desde hace 14 años acude a la Isla del Rey para colaborar en las labores de rehabilitación. “Vamos unos 50 o 60, algunos jubilados, pero otros todavía en activo, de muchas nacionalidades diferentes, y ayudamos a que esté todo listo para los grupos que nos visitan de toda Europa”, asegura Pons, que cuida especialmente de la sala de instrumentos médicos.

Visitar la isla y conocer su historia es la mejor manera de recompensar los esfuerzos de estos voluntarios.

 

 

Las distintas dependencias nos muestran la huella de los que allí estuvieron y resulta sumamente curioso pasar por la botica, con su colección de carteles de medicamentos; los dormitorios, con sus jergones, la capilla católica o el ora- torio anglicano; el quirófano, con su peculiar instrumental; o la sala de autopsias. Además, una imprenta restaurada de más de cien años funciona para imprimir sus propias publicaciones, y unos talleres reparan y restauran algunos de los elementos recuperados.

Otro voluntario destacado es Mario Cappa, un italiano afincado en Menorca, que a sus 85 años acude todos los domingos al islote. Él es uno de los guardianes de la memoria de una historia de solidaridad entre pueblos, la que protagonizaron los menorquines en auxilio de los italianos que llegaron a Menorca tras el hundimiento del acorazado Roma durante la Segunda Guerra Mundial. Más de 2.000 hombres permanecieron durante 16 meses en el puerto de Mahón estableciendo unos lazos de amistad por encima de banderas que han perdurado tres cuartos de siglo. Una pequeña historia europea más para la Isla del Rey.